Año 2026 · Nº 2304
La Veta

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México

Ayocote: el frijol gigante que cambia de nombre según la región

El ayocote, una leguminosa de gran tamaño y diversidad cromática, se consolida como un pilar gastronómico mexicano con distintas denominaciones regionales.

Redacción La Veta
Foto: eleconomista.com.mx

El ayocote, conocido científicamente como Phaseolus coccineus, es una leguminosa nativa de México que destaca por su tamaño excepcional, llegando a superar los dos centímetros de longitud. Este frijol, que presenta una amplia gama de colores que incluye tonos morados, rojos, cafés y variedades pintas, es un ingrediente fundamental en diversas cocinas tradicionales del país. Su cultivo se mantiene vigente en zonas rurales, donde agricultores locales preservan su diversidad genética frente a variedades comerciales estandarizadas.

La diversidad cultural de México se refleja en la terminología utilizada para nombrar a este grano, que varía drásticamente dependiendo de la entidad federativa. Mientras en algunas regiones del centro del país se le denomina estrictamente ayocote, en otras localidades es conocido como frijolón, garbanzo, patol o botil. Esta multiplicidad de nombres responde a las tradiciones lingüísticas locales y al arraigo de la planta en las prácticas culinarias de cada comunidad, dificultando en ocasiones su identificación comercial uniforme.

Desde el punto de vista agronómico, el ayocote es una especie que requiere condiciones climáticas específicas, prosperando principalmente en zonas templadas y de media montaña. A diferencia del frijol común, su ciclo de desarrollo suele ser más prolongado, lo que influye directamente en su textura mantecosa y su capacidad para absorber los sabores de los guisos tradicionales. En años recientes, productores de diversas regiones han buscado fortalecer sus cadenas de suministro, promoviendo el consumo de este grano como un elemento esencial para la soberanía alimentaria y la preservación de la biodiversidad nacional.

El papel del ayocote en la dieta mexicana no se limita a su valor nutricional, sino que representa un vínculo histórico con las técnicas de cultivo prehispánicas. A través de ferias de intercambio de semillas y mercados regionales, pequeños productores continúan distribuyendo estas variedades, asegurando que el conocimiento sobre sus usos culinarios se transmita entre generaciones. La valorización de este producto agrícola sigue siendo una prioridad para las instituciones que buscan proteger el patrimonio agroalimentario frente a los retos del cambio climático y la pérdida de variedades criollas.

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